lunes, 19 de octubre de 2009

El Gato Viejo


Quién se iba a imaginar que tomar ese camino a pasos del Museo Ferroviario, oscuro, húmedo, con curiosas formas oxidadas a ambas márgenes, agua corriendo por el empedrado, a un costado uno de los barrios más caros, del otro lado rieles y marginalidad, nos llevaría a un espacio sin tiempo y con aires de creatividad.

Al final del camino, una lamparita amarillenta indica la entrada al mundo Regazzoni, y allí todo toma un color y un aroma especial. Un niño, arrodillado sobre una mesa enciende las velas, a la derecha la cocina (hoy para la cena hay liebre, se escucha), a la izquierda El Víbora Bar y más allá las formas siguen multiplicándose para crear un hogar de espectros, sombras y metales retorcidos.

La banda de jazz se prepara y los primeros acordes hacen que te sientas muy a gusto, el dueño de casa hace su entrada y con él su melena de rulos canosos, nos invitan unas porciones de pizza y la cerveza corre por nuestra cuenta de la mano de una anfitriona muy sonriente.

La liebre llega, el jazz también, la liebre no dura mucho, la música un poco más… la medianoche se acerca… hay que partir a descansar.

Hasta la próxima salida.